Durante meses, cientos de personas describieron enormes triángulos negros sobre Bélgica. En marzo de 1990, dos cazas F-16 despegaron para interceptar uno de los posibles objetivos. Sus radares registraron contactos que alimentaron algunas de las afirmaciones más extraordinarias de la ufología. Décadas después, un informe militar de 173 páginas reveló un problema inesperado: algunas de las maniobras más increíbles podrían no haber ocurrido tal como se interpretaron.
La noche en que Bélgica miró al cielo
La noche del 30 de marzo de 1990, el espacio aéreo belga volvió a convertirse en escenario de uno de los episodios más controvertidos de la historia moderna de los OVNI.
Desde finales del año anterior se acumulaban informes sobre objetos de apariencia triangular. Los testigos hablaban de enormes estructuras oscuras, luces blancas en los vértices y una luz rojiza en la parte inferior. Algunos aseguraban que permanecían inmóviles en el cielo; otros describían desplazamientos lentos seguidos de aceleraciones sorprendentes.
No eran únicamente relatos anónimos difundidos años después. Entre los testigos figuraban agentes de la Gendarmería, y las autoridades militares habían recibido informes suficientes para investigar el fenómeno.
Aquella madrugada, la situación llegó a un punto especialmente delicado. Tras recibir avisos sobre luces inusuales y contactos de radar, la Fuerza Aérea belga ordenó el despegue de dos F-16 desde Beauvechain.
La misión era sencilla en teoría: localizar los posibles objetivos e identificar qué estaba volando sobre Bélgica.
Pero la interceptación no produjo una identificación concluyente.
Lo que sucedió a continuación alimentaría durante décadas una pregunta fascinante: ¿habían encontrado los pilotos una tecnología que no podían comprender o estaban interpretando de forma incorrecta las señales de sus propios instrumentos?
Los triángulos negros: una oleada difícil de ignorar
Para entender aquella noche hay que retroceder hasta noviembre de 1989.
Uno de los episodios iniciales más conocidos tuvo lugar cerca de Eupen, en el este de Bélgica. A partir de entonces se multiplicaron las observaciones de luces y objetos descritos como triangulares.
Los relatos compartían algunos elementos: tres luces blancas, otra luz rojiza y una estructura que parecía desplazarse con poco ruido. Algunos testigos afirmaban haber visto los objetos a una distancia relativamente corta.
La organización civil SOBEPS recopiló testimonios, entrevistó a observadores y publicó investigaciones sobre la oleada. La Gendarmería también participó en la recopilación de información, mientras que la Fuerza Aérea examinaba los informes que podían tener relevancia para la seguridad del espacio aéreo.
La hipótesis de que se tratara de aeronaves militares secretas apareció pronto. A finales de los años ochenta, la existencia de programas aeronáuticos reservados alimentaba la especulación sobre aviones furtivos y prototipos desconocidos.
Sin embargo, había un problema: las características atribuidas a los triángulos no encajaban fácilmente con una única explicación convencional para todos los episodios.
Eso tampoco demostraba que fueran vehículos extraterrestres. Significaba que, con la información disponible, algunos observadores no habían conseguido identificar lo que veían.
Y la noche del 30 al 31 de marzo iba a añadir una pieza especialmente controvertida al expediente.
Dos F-16 frente a un objetivo desconocido
Los dos cazas despegaron para investigar la situación. Durante la operación se produjeron varias tentativas de interceptación y los sistemas de radar registraron distintos contactos.
En los relatos más espectaculares del caso, el supuesto objeto habría acelerado de forma brusca, cambiado de altitud en segundos y ejecutado maniobras que parecían incompatibles con las prestaciones de un avión convencional.
Estas afirmaciones contribuyeron a convertir la oleada belga en un caso emblemático. Si los radares militares habían registrado realmente semejantes movimientos, ¿qué podía realizarlos?
Pero hay una cuestión que suele perderse en las reconstrucciones populares: un radar no muestra una fotografía perfecta de la realidad. Sus lecturas deben interpretarse teniendo en cuenta las señales recibidas, el funcionamiento del sistema y los algoritmos que procesan los datos.
Un contacto puede ser real sin que la trayectoria calculada sea exacta. También puede producirse una detección errónea o confundirse un objetivo con otro.
Para saber qué ocurrió en Bélgica no basta con repetir las velocidades y altitudes que aparecen en relatos posteriores. Hay que examinar los registros y la documentación técnica.
Y eso nos lleva a uno de los documentos más importantes del caso.
El informe de 173 páginas que obliga a revisar la historia
En junio de 2025 se hizo pública una copia parcialmente censurada de un informe técnico de la Fuerza Aérea belga, elaborado bajo la dirección del teniente coronel Salmon y dedicado a los ecos de radar registrados durante la interceptación de 1990.
El documento, de 173 páginas, reconstruye y analiza los contactos detectados por los F-16.
Su contenido resulta especialmente relevante porque examina una posibilidad poco espectacular, pero decisiva: que parte de las maniobras aparentemente extraordinarias procediera del propio sistema de radar.
El informe estudia trece contactos y señala que algunos correspondían al segundo F-16. También analiza problemas relacionados con el seguimiento de objetivos y con el procesamiento de las señales.
La explicación técnica gira en parte alrededor de un mecanismo conocido como filtro de Kalman.
No es una teoría conspirativa ni una explicación improvisada para salir del paso. Es un método matemático utilizado en sistemas de seguimiento para estimar la posición y el movimiento de un objetivo a partir de mediciones sucesivas.
El problema es que una estimación no siempre coincide con la realidad.
Cuando un radar pierde temporalmente una señal, predice dónde debería encontrarse el objetivo. Si después recibe información diferente, la trayectoria reconstruida puede presentar saltos, discontinuidades o cambios aparentes de movimiento. También puede producirse un cambio de objetivo durante el seguimiento.
En determinadas circunstancias, el resultado puede parecer extraordinario en la pantalla sin que exista un objeto físico que haya ejecutado exactamente esa maniobra.
El informe de Salmon identifica estos problemas como una posible explicación de algunas de las trayectorias más espectaculares de aquella noche.
Y aquí aparece el giro fundamental: si los registros no representan fielmente el movimiento de un objeto, no pueden utilizarse como prueba directa de una nave con capacidades imposibles.
Pero tampoco debemos ir demasiado lejos en la dirección contraria.
El documento analiza los datos de la interceptación. No constituye una explicación definitiva de cada avistamiento visual registrado durante la oleada belga.
Fuente documental: informe técnico de Salmon sobre los radares de los F-16.
¿Significa esto que los pilotos no vieron nada?
No necesariamente. Y esta distinción es fundamental.
Los contactos de radar y los testimonios visuales son fuentes de información diferentes. Para afirmar que describen el mismo objeto en un momento determinado es necesario establecer una correlación fiable entre ambos.
El informe militar sobre la noche del 30 al 31 de marzo señala que las estaciones de radar no pudieron establecer de forma concluyente una correlación entre las observaciones visuales y las detecciones instrumentales.
Por tanto, aunque algunos contactos puedan explicarse mediante problemas del sistema de seguimiento, eso no resuelve automáticamente todos los testimonios.
Tampoco permite afirmar que todos los testigos contemplaran una misma nave triangular. Durante una oleada de observaciones pueden producirse episodios distintos, errores de identificación y fenómenos que no llegan a esclarecerse.
La cuestión no es elegir entre dos extremos —una nave extraterrestre o una gigantesca confusión colectiva—, sino determinar qué pruebas corresponden a cada episodio y qué conclusiones permiten extraer.
Eso es precisamente lo que hace que el caso siga mereciendo una investigación cuidadosa.
La fotografía que parecía mostrar la nave
La oleada belga cuenta además con una de las imágenes más famosas de la ufología: la fotografía del supuesto triángulo de Petit-Rechain.
Durante años, la imagen circuló como posible representación de uno de los objetos descritos por los testigos. Se reprodujo en documentales, libros y páginas especializadas, hasta convertirse en una especie de icono del caso.
Sin embargo, en 2011, el hombre que afirmó haber realizado la fotografía reconoció que se trataba de una maqueta iluminada.
La revelación fue un golpe importante para quienes utilizaban aquella imagen como prueba visual de una nave triangular.
Pero hay que ser precisos: una fotografía falsa no convierte automáticamente en falsos todos los demás testimonios. Del mismo modo, que existan numerosos testimonios no autentica una imagen concreta.
Cada pieza debe evaluarse por sus propios méritos.
En este caso, la fotografía ya no puede considerarse una prueba auténtica de la presencia de una aeronave desconocida. Su historia, en cambio, es un ejemplo de cómo una imagen puede adquirir una autoridad que sus pruebas no justifican.
Entonces, ¿qué ocurrió realmente sobre Bélgica?
Después de revisar los documentos, quedan varios hechos relevantes.
La oleada de observaciones comenzó a finales de 1989 y continuó durante meses. Numerosos testigos describieron luces y objetos de apariencia triangular. La Fuerza Aérea belga investigó determinados episodios y envió dos F-16 durante la noche del 30 al 31 de marzo de 1990.
Los radares registraron contactos, pero la interpretación de algunas de las trayectorias más extraordinarias fue cuestionada por el análisis técnico de Salmon. El filtro de Kalman y los problemas de seguimiento ofrecen una explicación plausible para parte de las anomalías aparentes.
La fotografía más famosa, la de Petit-Rechain, tampoco constituye una prueba auténtica de una nave triangular.
¿Significa eso que toda la oleada está resuelta? No.
¿Demuestra que una nave extraterrestre realizó maniobras imposibles ante los F-16? Tampoco.
La documentación disponible no permite establecer una causa única para todas las observaciones. Y, sobre todo, no aporta pruebas concluyentes de que los objetos fueran vehículos extraterrestres.
Lo que sí permite es revisar algunas de las afirmaciones más repetidas y distinguir entre lo que se registró, lo que se interpretó y lo que se añadió con el paso del tiempo.
El misterio que queda después de las explicaciones
Hay algo paradójico en la historia de la oleada belga.
Durante años, los registros de radar fueron presentados como una de las pruebas más fuertes de que los objetos poseían capacidades extraordinarias. Sin embargo, cuando se examinan los datos con mayor detalle, parte de esas supuestas maniobras puede tener una explicación relacionada con el propio instrumento.
Eso no hace desaparecer automáticamente los testimonios visuales. Pero sí reduce la fuerza de uno de los argumentos más espectaculares utilizados para defender una tecnología desconocida.
La pregunta, por tanto, cambia.
Ya no se trata únicamente de preguntar si los triángulos negros eran naves extraterrestres. Se trata de averiguar qué ocurrió en cada observación, cuáles pueden explicarse, qué información aportaron realmente los radares y qué episodios continúan sin una identificación concluyente.
Es una pregunta menos sensacionalista, pero mucho más fértil para una investigación seria.
La oleada belga no demuestra que una civilización desconocida sobrevolara Europa. Tampoco permite afirmar que todos los testimonios fueran inventados o que cada observación haya quedado explicada.
Entre ambas afirmaciones existe un espacio considerable: el de los hechos documentados, las hipótesis que pueden ponerse a prueba y las preguntas que todavía no tienen respuesta suficiente.
Y es ahí donde debe continuar la investigación.
Fuentes documentales
- Fuerza Aérea belga: informe técnico del teniente coronel Salmon sobre los registros de radar de los F-16.
- Informe militar de la operación: informe del mayor Lambrechts sobre las observaciones de la noche del 30 al 31 de marzo de 1990.
- Investigación civil: archivo de SOBEPS sobre la oleada OVNI belga.

