Dos ciudades europeas, dos acontecimientos separados por cinco años y dos antiguos grabados que muestran algo extraordinario ocurriendo ante el Sol. ¿Fenómenos atmosféricos, presagios religiosos o testimonios de algo que todavía no sabemos interpretar?
Mucho antes de que existiera la palabra «ovni», los cielos ya estaban llenos de historias extrañas.
En la Europa del siglo XVI, una aparición insólita en el firmamento no era simplemente un fenómeno meteorológico. Podía convertirse en un presagio, una advertencia divina, un anuncio de guerra o incluso una señal del fin de los tiempos.
Dos documentos conservados en la Zentralbibliothek Zürich resultan especialmente llamativos.
El primero describe un fenómeno ocurrido sobre Núremberg el 14 de abril de 1561.
El segundo recoge una serie de acontecimientos observados sobre Basilea en julio y agosto de 1566, cuyo episodio más desconcertante tuvo lugar el 7 de agosto.
Ambos relatos están separados por cinco años y fueron producidos en contextos diferentes. Sin embargo, sus representaciones presentan una semejanza sorprendente: formas circulares y geométricas aparentemente enfrentándose en el cielo, alrededor del Sol.
Núremberg, 14 de abril de 1561
Al amanecer del 14 de abril de 1561, los habitantes de Núremberg habrían contemplado un espectáculo extraordinario.
El impresor Hans Glaser publicó posteriormente una hoja ilustrada en la que representó el acontecimiento.
En ella aparecen numerosas formas sobre la ciudad: esferas, medias lunas, cruces, cilindros y otros objetos geométricos. También aparece una forma alargada y oscura que atraviesa la escena.
El texto asociado al grabado describe los fenómenos como una especie de enfrentamiento en el cielo. Algunas de las formas parecían desplazarse unas contra otras y posteriormente desaparecer.
Para un observador del siglo XXI, la imagen resulta inevitablemente familiar.
Esferas.
Objetos alargados.
Formaciones.
Una especie de enfrentamiento aéreo.
Y todo ello representado alrededor del Sol.
Pero existe un problema fundamental: no estamos viendo una fotografía ni un informe científico moderno.
Estamos viendo una representación realizada en el siglo XVI.
Y eso cambia completamente la manera en que debemos interpretar el documento.
Basilea, cinco años después
Cinco años más tarde ocurrió algo igualmente peculiar en Basilea, Suiza.
El fenómeno no se limitó a un único momento.
El documento conservado en Zúrich describe acontecimientos ocurridos durante los días 27 y 28 de julio y nuevamente el 7 de agosto de 1566.
Primero se observaron fenómenos relacionados con el color del Sol y de la Luna. El cielo adquirió tonalidades rojizas que fueron interpretadas dentro de un marco religioso.
Pero el episodio del 7 de agosto fue todavía más extraño.
Según el relato, aparecieron numerosas esferas negras frente al Sol.
Estas formas se desplazaban rápidamente, cambiaban de dirección y parecían chocar entre ellas, hasta el punto de que el observador las interpretó como si estuvieran librando una batalla.
Algunas adquirían un aspecto rojizo o ardiente antes de desaparecer.
La imagen publicada por Samuel Apiarius y Samuel Coccius muestra precisamente ese espectáculo sobre Basilea.
El Sol aparece en el centro mientras numerosas formas circulares llenan el cielo.
Abajo, los habitantes contemplan la escena.
Y aquí encontramos una diferencia importante respecto a Núremberg.
Los autores del grabado no fueron necesariamente testigos directos del fenómeno. Según el Museo Nacional Suizo, Apiarius y Coccius trabajaron a partir de fuentes de primera y segunda mano.
Por tanto, el grabado es un documento histórico de enorme interés, pero no debe confundirse con una reproducción objetiva de aquello que cada testigo vio.
La curiosa conexión entre ambos casos
Aquí empieza lo realmente interesante.
Los dos documentos muestran fenómenos celestes mediante una iconografía sorprendentemente parecida.
En ambos encontramos:
- formas circulares;
- objetos geométricos;
- movimiento aparente;
- interacción entre las formas;
- una relación directa con el Sol;
- y una interpretación del fenómeno como algo extraordinario.
El Museo Nacional Suizo señala precisamente la semejanza entre el grabado de Basilea de 1566 y el de Núremberg de 1561. Además, los sitúa dentro de una tradición mucho más amplia de hojas y grabados europeos que representaban fenómenos naturales extraordinarios como señales, presagios o acontecimientos sobrenaturales.
Esto es importante porque nos obliga a plantearnos una cuestión.
¿Estamos ante dos acontecimientos físicos realmente parecidos?
¿O estamos ante dos sociedades que utilizaban un lenguaje visual parecido para representar aquello que no comprendían?
Probablemente no podamos responderlo con certeza.
Un cielo interpretado a través de la guerra
Existe otro detalle fascinante.
Los grabados no se limitan a mostrar objetos extraños.
Los representan como si estuvieran combatiendo.
Esto podría decirnos tanto sobre los fenómenos observados como sobre las personas que los observaron.
En la Europa del siglo XVI, la guerra, los conflictos religiosos y las tensiones políticas formaban parte de la vida cotidiana. Los llamados «prodigios» celestes eran frecuentemente interpretados como señales de acontecimientos terrestres.
El cielo funcionaba como un espejo simbólico de lo que ocurría en la Tierra.
El Museo Nacional Suizo ha señalado precisamente este componente militar de este tipo de representaciones: fenómenos celestes extraordinarios podían ser visualizados mediante imágenes asociadas a guerras, conflictos civiles o cambios políticos.
Y aquí aparece una posibilidad todavía más interesante.
Quizá aquellos hombres no estuvieran describiendo literalmente una «batalla».
Quizá estaban intentando dar forma conocida a algo que no sabían explicar.
¿Podrían haber sido fenómenos atmosféricos?
Es una posibilidad que no podemos descartar.
De hecho, una de las explicaciones propuestas para Núremberg es la presencia de fenómenos ópticos atmosféricos relacionados con halos solares y parhelios.
Estos fenómenos pueden producir imágenes muy llamativas alrededor del Sol: puntos luminosos, arcos, formas geométricas y duplicaciones aparentes.
En el caso de Basilea también se han propuesto numerosas explicaciones naturales: fenómenos ópticos atmosféricos, meteoros, polvo en suspensión, actividad auroral u otros acontecimientos astronómicos poco habituales.
Pero existe una dificultad.
No podemos reconstruir con seguridad las condiciones atmosféricas exactas de aquellos días.
Tampoco disponemos de instrumentos científicos que permitan comparar directamente lo observado con una medición moderna.
Por eso afirmar que «fueron simplemente parhelios» puede ser tan excesivo como afirmar que fueron naves extraterrestres.
Ambas conclusiones van más allá de lo que permiten demostrar las fuentes.
Entonces, ¿eran OVNIs?
Aquí es donde comienza la interpretación moderna.
Desde la ufología, Núremberg y Basilea han sido considerados ejemplos de posibles avistamientos de objetos aéreos no identificados anteriores a la era moderna.
Y es fácil comprender por qué.
Las imágenes resultan extraordinariamente llamativas.
Pero existe una diferencia fundamental entre decir:
«No sabemos exactamente qué ocurrió»
y decir:
«Por tanto, eran naves extraterrestres».
La primera afirmación está respaldada por las limitaciones de las fuentes.
La segunda es una hipótesis que necesita evidencias adicionales.
Lo verdaderamente interesante es precisamente ese espacio intermedio.
Porque todavía podemos estudiar los documentos, el contexto histórico, las descripciones, la iconografía y las posibles explicaciones naturales sin necesidad de cerrar prematuramente el caso.
Carl Jung también se fijó en ellos
Curiosamente, estos dos acontecimientos llamaron la atención de una figura muy alejada de la ufología popular:
Carl Gustav Jung.
En Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo, publicado originalmente en 1958, Jung utilizó acontecimientos como los de Núremberg y Basilea para estudiar algo diferente: la manera en que la mente humana interpreta fenómenos extraños.
Su interés no consistía únicamente en determinar qué había en el cielo.
Le interesaba qué hacía el ser humano con aquello que veía.
Cruces.
Lanzas.
Esferas.
Armas.
Sangre.
Batallas.
Señales divinas.
Para Jung, no era casualidad que fenómenos difíciles de interpretar acabaran adquiriendo formas y significados familiares para las personas que los contemplaban.
Y esta idea sigue siendo tremendamente actual.
Cuando una persona observa algo desconocido en el cielo, no lo interpreta desde cero.
Lo interpreta utilizando las categorías culturales que tiene disponibles.
En el siglo XVI podían ser ángeles, señales divinas, ejércitos celestiales o presagios.
En el siglo XX podían ser platillos volantes.
En el XXI hablamos de UAP.
Quizá el fenómeno cambie.
Quizá cambie nuestra interpretación.
O quizá, en algunos casos, ambas cosas.
Dos grabados y una pregunta abierta
Núremberg y Basilea no demuestran que existieran vehículos extraterrestres en el siglo XVI.
Pero tampoco podemos convertir automáticamente aquellos documentos en simples fotografías de fenómenos atmosféricos perfectamente identificados.
Son testimonios históricos de acontecimientos que fueron considerados extraordinarios por quienes los registraron.
Y contienen algo que resulta especialmente fascinante:
dos comunidades europeas, separadas por cientos de kilómetros y cinco años, representaron fenómenos celestes mediante imágenes que comparten una sorprendente sensación de conflicto en el cielo.
¿Vieron realmente objetos que parecían enfrentarse?
¿Interpretaron fenómenos atmosféricos complejos como una batalla?
¿Transformaron una experiencia visual difícil de comprender en un lenguaje religioso y militar?
¿O existe algún elemento de aquellos acontecimientos que todavía se nos escapa?
Probablemente nunca podamos responderlo completamente.
Pero quizá esa sea precisamente la razón por la que estos documentos siguen fascinando casi quinientos años después.
Porque, al final, el misterio no consiste únicamente en preguntarnos qué había en aquel cielo.
También consiste en preguntarnos algo mucho más profundo:
¿Qué hacemos los seres humanos cuando contemplamos algo que no sabemos explicar?
Y quizá esa pregunta sea tan interesante como aquello que ocurrió sobre Núremberg en 1561 y Basilea en 1566.

